Acabe con la mano de obra!

Posted By Eduardo Moura in Blog |


Acabe con la mano de obra!


Eduardo-MouraCalma, no me mal interprete. El título arriba fue sólo para llamar su atención. No se trata de hacer apología del uso desenfrenado de la tecnología para reducir el costo del rol de pagos. El asunto aquí es el concepto pernicioso que viene junto con esta expresión que heredamos con la Revolución Industrial, hace un siglo atrás: “mano de obra”. Vale la pena recordar aquí la clásica declaración de Konosuke Matsushita (reverenciado fundador de Matsushita Electric, hoy Panasonic) dicha en 1988 a un boquiabierto grupo de empresarios americanos, pero que todavía hoy resuena como una alerta vehemente para todos nosotros:

 «Nosotros vamos a  vencer y el occidente industrializado va a perder: no hay mucho más que ustedes  puedan hacer al respecto, porque el motivo de su falla está dentro de ustedes. Sus empresas fueron construidas según el modelo de Taylor; y peor aún, sus cabezas también lo fueron. Con sus jefes pensando mientras los trabajadores manejan desarmadores, ustedes están profundamente convencidos de que este es el modo correcto de hacer negocios. Para ustedes, la esencia de la administración es retirar las ideas de las cabezas de sus jefes y transportarlas para las manos del trabajador. Nosotros estamos más allá del modelo de Taylor. Los negocios, nosotros sabemos, son hoy tan complejos y difíciles, la sobrevivencia de las empresas tan incierta en un ambiente crecientemente imprevisible, competitivo y lleno de peligros que su existencia continua depende de la movilización diaria de cada gramo de inteligencia. Para nosotros, la esencia de la administración es justamente el arte de combinar los recursos intelectuales de todos los empleados al servicio de la empresa. Solamente utilizando la capacidad combinada de todos  sus empleados es que  una empresa podrá enfrentar las turbulencias y restricciones de la actualidad.»

acabe-con-la-mano-de-obra“Mano de obra”… El término viene del tiempo en que el genio de Taylor, reconociendo que los trabajadores del inicio de la Revolución Industrial eran campesinos rudos y analfabetos, que nunca habían pisado en una fábrica,  decidió organizar el trabajo de la siguiente manera: un grupo de personas calificadas (una rareza, en la época) planifica el trabajo, mientras que un grupo de supervisores (“capataces” sería un término más adecuado) asume el control del trabajo, y el vasto contingente de obreros se encarga de la ejecución – y nada más. Es decir: se contrataba un par de manos para ejecutar lo que había sido científicamente estudiado y diseñado. La solución de Taylor fue brillante para la época. Permitió un aumento fantástico de la productividad, multiplicó la prosperidad de las empresas y causó un progreso vertiginoso de la sociedad (sólo en términos materiales, podemos decir de paso). Sin embargo, conforme decreta la Primera Ley de Severeid, “la principal causa de los problemas son las soluciones”. Es decir, cuanto más poderosa es una solución para una dada realidad, más profundos son los cambios que ella produce y por lo tanto más rápidamente se torna obsoleta, pasando entonces a ser fuente de problemas en la nueva realidad que ella propia transformó! Es este exactamente el caso del taylorismo. Hace mucho tiempo que las premisas de Taylor perdieron su validez. Los trabajadores ya no son analfabetos, por el contrario, desde la infancia reciben una carga enorme de información. El problema de las empresas ya no es simplemente producir para vender en un mercado no explotado que todo acepta,  pero si luchar arduamente para conquistar clientes cada vez más exigentes, disputados por varios competidores poderosos que actúan en un mercado globalizado. Y, sin embargo, la gran mayoría de los administradores, en la práctica (a pesar del discurso contrario) continúan siendo obstinados tayloristas. Su sueño es que los empleados, al entrar a la empresa, dejen el cerebro colgado en la entrada y se dirijan al trabajo apenas y tan solamente con un par de manos dispuestas a ejecutar órdenes. Se ofenden cuando un subordinado más osado sugiere que algo debería cambiar. O, peor aun, escuchan la crítica con un oído sordo, una sonrisa amarilla y un corazón escéptico. Se contentan con funcionarios que, como dice la palabra, apenas “funcionan”, cumpliendo lo que pide su descripción de cargo, y nada más. Son aquellos que respiraron aliviados cuando el movimiento de Círculos de Calidad fracasó en muchas empresas, como resultado de una visión estrecha y una implementación equivocada. O entonces, cuando el programa de sugerencias murió lentamente y cayó en descrédito, por ser un cuerpo extraño en una empresa que, en la práctica, no da real valor a las ideas de la “mano de obra” (a fin de cuentas, manos no se hicieron para pensar…).

Sinceramente espero que la profecía de Konosuke Matsushita pueda ser revertida. Que todavía podamos despertar a la realidad de que entre las dos manos de cada colaborador está una maravilla de la creación divina, una mente capaz de contribuir, un corazón deseoso de hacerlo, una persona en toda su integridad y dignidad. No más “mano de obra”. Es necesario comenzar a edificar personas de obra!

 Hasta la próxima semana!

Eduardo Moura


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