Paradigma 4: El Paradigma de la Indolencia Humana

Posted By Eduardo Moura in Blog |


Paradigma 4: El Paradigma de la Indolencia Humana

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Concluyendo nuestra serie sobre paradigmas, abordamos en este último artículo lo que podemos llamar de “Paradigma de la Indolencia Humana”. Como introducción, recomiendo la lectura de los artículos “Motivación de Colaboradores” y “Cuestionando el Sistema de Metas y Bonos de Ventas” publicados en este blog algún tiempo atrás.

El Paradigma de la Indolencia Humana consiste en creer que “las personas son naturalmente apáticas con relación al trabajo”. Según esta forma tan común de pensar, el estado ideal del ser humano sería el de  ocio total: estar completamente desocupado, disfrutando tranquilamente de cualquier otra actividad que no sea el trabajo mismo. De ese modo, el trabajo pasa a ser visto como un “mal” o por lo menos un “inconveniente necesario”  el cual debemos soportar por algún tiempo, para después poder disfrutar del verdadero placer de no tener que trabajar. En otras palabras, los administradores que comparten la óptica del Paradigma de la Indolencia Humana piensan que, para la desprivilegiada casta de trabajadores del “piso de fábrica”, la vida comienza después de que dejan su local de trabajo.

Como consecuencia de creer (conscientemente o no) en tal paradigma, los ejecutivos tratan de implementar medios para “estimular” la “mano-de-obra” al trabajo, imponiéndoles reglas, controles, amenazas y sanciones, además de una serie de motivadores extrínsecos tales como remuneración variable, bonos por cumplimiento de metas, etc. Lo que a su vez establece en las personas un comportamiento de dependencia que las condiciona, por un lado, a actuar bajo coerción, y por otro, a recibir recompensa financiera toda vez que realizan un buen trabajo (más o menos como el comportamiento condicionado de los perros de Pavlov). Y entonces se refuerza el ciclo de una profecía autorrealizable, pues al ver a las personas reaccionar “positivamente” a aquellos estímulos externos, los administradores concluyen: “Ajá! ¿No les dije que esa gente sólo se mueve por el dinero o por el miedo?”. Y así vamos creando un ejército de gente pasiva, temerosa y defensiva, entre los cuales eventualmente se destaca un bando de mercenarios movidos apenas por el vil metal. Lo que va a requerir de la empresa sistemas de control y de “motivación” cada vez más grandes, complejos y onerosos, con toda una serie de consecuencias negativas ya discutidas en los artículos mencionados en el inicio.siete-estimulos-para-la-motivacion-en-el-trabajo

Delante de la aparente falta de alternativa, alguien podría pensar que las cosas son así mismo, es decir: la apatía, indiferencia, negligencia y hasta aversión por el trabajo sería una característica de la naturaleza humana. Pero hay varias evidencias contrarias a este punto de vista, suficientes para refutar el paradigma en cuestión. Por ejemplo: hasta los niños en edad escolar, a los cuales les encantan las bromas y juegos, sienten nostalgia de las clases después de un período prolongado de vacaciones.

Ya en el otro extremo de la vida, no es raro ver personas de la tercera edad que caen en depresión al jubilarse obligatoriamente, pues la vida sin trabajo parece haber perdido el sentido para ellos. Y de vez en cuando leemos con consternación noticias sobre millonarios que, aunque tengan todos los recursos financieros para vivir en absoluta ociosidad (o quien sabe por causa de eso) se desencantan de tal modo con su vida vacía y sin propósito, que deciden acabar con ella, de manera trágica. Por otro lado, no es difícil observar casos de personas que se dedican apasionadamente a su trabajo, no por causa de cuánto van a ganar por eso sino, muy por el contrario, lo hacen a pesar de los bajos salarios y de las condiciones precarias que les dan ciertas empresas. Y cuantos otros ejemplos de personas que se entregan voluntariamente a proyectos comunitarios, sin mayor recompensa que una sonrisa o palabra de gratitud!

Tales evidencias pueden lanzar luz sobre un enfoque diametralmente opuesto, que elimina y sustituye con numerosas ventajas el ultrapasado paradigma de la indolencia: el Paradigma de la Vivacidad Humana, el cual consiste en partir de la premisa fundamental de que “las personas son intrínsecamente buenas y ansían naturalmente expresar su capacidad creativa”. Bajo tal enfoque, el estado ideal del ser humano sería aquel en el cual su potencial es continuamente desarrollado y colocado en práctica, de tal modo que genera algo de valor para las demás personas. Así, muy lejos de ser producto de una serie aleatoria de partículas de materia que de manera misteriosa decidieron evolucionar, seríamos resultado de un proyecto inteligente, específica e intencionalmente creados para expresar la grandeza divina.  Y privar a las personas de eso (o, peor todavía, reducirlas a máquinas de trabajar) sería un gran “pecado”, por negar la dignidad humana y vilipendiar su integridad.

Una de las principales consecuencias prácticas de ese “nuevo” enfoque es la oportunidad de simplificar enormemente las políticas y prácticas de motivación (y hasta reducir el costo de las mismas), pues la cuestión fundamental de la motivación humana pasa a ser vista no como inventar e implementar nuevos recursos extrínsecos, sino como remover las barreras contra la motivación intrínseca que ya está en las personas (barreras cuya mayoría son decurrentes del paradigma de la indolencia). Y entonces seremos agradablemente sorprendidos con las conquistas y resultados traídos por un nuevo tipo de comportamiento, en el cual los colaboradores se involucran y se integran naturalmente con los demás colegas y sienten orgullo de su trabajo. Lo que, a mediano y largo plazo, acaba por consolidarse como una nueva cultura organizacional, mucho más participativa y orientada a la excelencia. Está claro que llegar hasta eso requiere mucha reflexión, coraje, creatividad, liderazgo visionario y esfuerzo. Pero esta vida sería muy aburrida si todo nos fuera dado fácilmente…

 

¿Y usted? ¿Qué piensa sobre este tema?

Cualquier comentario será muy bienvenido. 

Hasta la próxima edición!

Eduardo C. Moura

Brazil