La motivación de los colaboradores es un factor de éxito
Permítanme comentar brevemente sobre un factor crítico de éxito para cualquier tipo de organización humana: la motivación de las personas. Obvio… Podemos invertir en la tecnología más avanzada, definir procesos de trabajo altamente eficaces, contratar a los profesionales más competentes del mercado, pero si esas personas no están motivadas, qué pasa? Pasa el siguiente escenario típico: un desempeño general que no va más allá del ordinario, muy lejos del que se podría calificar como excelente.
Reconociendo que motivar a las personas es vital, muchas empresas invierten fuertemente en investigaciones de clima laboral, técnicas de evaluación del desempeño individual, plan de carrera, sofisticados esquemas de participación en los resultados, bonos para cumplimiento de metas, premios para los “funcionarios del mes” etc., etc., etc., y ponga etcétera en esto! Algunas de esas prácticas son válidas, pero la mayoría son peligrosas. ¿Peligrosas? Si, por dos motivos: Primero, porque se fundamentan en la premisa (inválida – más detalles adelante) de que “las personas son pasivas por naturaleza, y necesitan de un estímulo externo”. Segundo, porque a mediano y largo plazo aquellas prácticas tienden a formar una banda de mercenarios que sólo se movilizan por el vil metal que puedan recibir. Y hay más: aun las prácticas que son válidas, son insuficientes.

Dónde, entonces, está el elemento faltante para motivar a los colaboradores? En verdad no hay elemento faltante! Lo que hay son elementos ya existentes, sin embargo no reconocidos, y por lo tanto no explotados. Esta frase del Dr. Deming trae a la luz dos elementos vitales para la motivación humana:
“Las personas nacen con una inclinación natural para aprender e innovar. Existe un derecho innato de sentir placer por el trabajo. Existe una necesidad innata de autoestima y respeto. Los administradores que niegan a sus empleados dignidad y autoestima, acabarán con la motivación intrínseca.»
Ahí está: el primer elemento vital se llama motivación intrínseca. Si tan solamente “descubrimos” (o aceptamos como válido) que las personas ya nacen con la motivación dentro de si, la pregunta de motivarlas deja de ser “qué más debemos dar a los colaboradores?” y pasa a ser “qué barreras hoy están impidiendo que la motivación intrínseca de las personas pueda aflorar?”. El segundo elemento vital es el propio trabajo. Y los dos se complementan bellísimamente bien! De hecho, el trabajo es el canal ideal para que la motivación intrínseca se manifieste, pues trae dentro de si tres factores que, si son bien entendidos y trabajados, pueden “turbinar” la motivación intrínseca: la creatividad (la alegría de pensar), la actividad (la alegría de actuar) y la sociabilidad (la alegría de compartir), conforme concluye Nishibori en 1971. Además, todo trabajo debería incluir un cuarto factor importantísimo: un sentido de “propósito más elevado”, pues en su esencia universal, “trabajar es producir algo de valor para otras personas” (O’Toole, 1973). No hay (ni debería haber) nada que pueda pagar el sentimiento de orgullo y satisfacción personal por el trabajo bien realizado. Y cuando el trabajo se realiza en equipo, todas estas cosas pasan naturalmente! Basta que la empresa cree estructuras para explotar este verdadero tesoro.
Cuando los líderes empresariales se dan cuentan de tales hechos y actúan de manera sabia y coherente, algo maravilloso pasa! Personas que considerábamos “irrecuperables” pasan a contribuir, los que teníamos como “rebeldes” pasan a ser compañeros de batalla, los “pasivos” y “apagados” pasan a brillar, los que pensábamos que no tenían imaginación de repente nos sorprenden con ideas brillantes. Claro que puede haber un 0,1% de renuentes que por fenómenos psicológicos raros se rehúsan a colaborar, pero a estos el propio equipo acaba “expulsando” como si fuera un cuerpo extraño. Se que todo esto suena poético y utópico, pero he constatado tales verdades en numerosas ocasiones. Y desafío al lector a hacer lo mismo con su equipo.
Está todo ahí. No es necesario inventar nada más; no es necesario complicarse. Hay, sin embargo, un gran inconveniente: para que lo expuesto arriba funcione, es necesario cambiar nuestra manera de pensar sobre las personas, nuestra forma de encarar la naturaleza humana. Es necesario ver en cada trabajador la llama casi extinta de la dignidad, el diamante bruto de la semejanza divina. Y esto es difícil y doloroso, casi herético, para quien está acostumbrado a ver a las personas como insumos de producción, como “mano-de-obra” que debe responder tácitamente a lo que le fue ordenado, como sirvientes que deben ser controlados por el miedo.
Para finalizar, un hecho tragicómico: que salva a muchas empresas de la extinción es que sus competidores también no saben lidiar con la motivación intrínseca! Pero aquellos que saben movilizarla en beneficio de los objetivos estratégicos del negocio pasan a contar con un ejército poderoso.
Hasta la próxima semana!
Eduardo Moura

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